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Noticias 2017

Entre el orden y la algarabía
Jueves 30 de julio de 2020

Entre el orden y la algarabía

El pasado sábado 18 de julio, se conmemoró en el Uruguay el aniversario de la jura de la Constitución de 1830.

Un punto y coma para los Orientales

El surgimiento de una “carta magna” para la Provincia Oriental fue el resultado de un proceso político, desarrollado durante 20 años, a raíz de la desestructuración producida por la Revolución, en el marco de la crisis del imperio español. Las respuestas a esta crisis generaron tensiones entre distintos proyectos políticos, que fueron desde la propuesta artiguista de tipo federal, hasta la incorporación de la Provincia Oriental al Reino Unido de Portugal, Brasil y Algarves, o la unión con las Provincias Unidas del Río de la Plata hacia 1825.

Este último proyecto desató la guerra entre el Imperio del Brasil y las Provincias Unidas a las que recientemente se les había sumado la Provincia Oriental. Finalmente, en agosto de 1828, las partes beligerantes firmaron la “Convención Preliminar de Paz”, documento por el cual se declaró el fin del enfrentamiento. La salida independentista fue apoyada por la élite oriental, al entender que se ponía un punto final al “caos revolucionario”. De este modo, se acordó, la elaboración de una Constitución que, “antes de ser jurada, será examinada por Comisarios de los Gobiernos contratantes, para el único fin de ver si en ella se contiene algún artículo o artículos que se opongan a la seguridad de sus respectivos Estados”. 

La redacción de la Constitución estuvo a cargo de una Asamblea General Constituyente, que sesionó entre 1828 y 1829 en San José, Canelones y Montevideo. Los sectores dirigentes de la Provincia confiaron en la Constitución y la Ley como herramientas para establecer un orden duradero. Esto se reflejó en la creación de una iconografía que se utilizó en diversos objetos de uso personal y cotidiano como vajilla, abanicos, medallas o mobiliario. La  Asamblea General Constituyente expresó su visión de la Constitución como un instrumento necesario de orden. Así lo expresó en la opinión pública, en un manifiesto publicado en el diario “El Universal” el día previo a la jura. Expresaban que: “sin una autoridad encargada  de  formar las leyes;  sin  un Gobierno que cuide de cumplirlas; sin jueces que las  apliquen en las contiendas particulares;  los hombres no reconocerían otro  derecho que el del más fuerte, ni este otra  razón de obrar que su  utilidad  y su capricho, no habría deberes  que llenar, ni obliga­ciones que  cumplir;  y  una  confusión perpetua, sería  el  escollo  en  que  vendrían a estrellarse la libertad individual la seguridad del  ciudadano, y el tranquilo gozo de sus propiedades”.


Vista de la Plaza de Montevideo en la Jura de la Constitución
J. M. Besnes e Irigoyen, 1830

Litografía a dos tintas, taller de Wiegeland, año 1833
18 x 26 cm
MHN, 301

 

“La juzta [sic] alegría” 

La jura del texto constitucional la realizó el conjunto de la población. Esta ocasión propició grandes festejos organizados por las autoridades, quienes habían estipulado el día 18 de julio para el Juramento. La “Plaza Matriz” fue en Montevideo, el espacio elegido para el evento. Además de ornamentada para el caso, en ella se construyó el palco que serviría para que la población subiera en grupos a manifestar su juramento. 

Los preparativos se proyectaron con varios días de anticipación, sin embargo, los diversos temas a resolver (estrados, monumentos efímeros, iluminación de la Plaza, difusión de la programación, entre otros aspectos) demandaron más esfuerzos de los pensados inicialmente. Esto se sumó al clima  que obligó a cambiar el cronograma  Así el diario “El Correo” de Montevideo, el  15 de julio advirtió que “el estado en que se hallan los preparativos que se hacen para las funciones de la jura, reclama que se de mas tiempo, suponiendo que el señalado es demasiado corto; no solo por los días que faltan para el 18, sino por que es casi probable que las alteraciones no den lugar y perjudiquen los trabajos”. Señalaban que sin ser “astrónomos”, se atrevían a “hacer pronósticos por el estado de la atmósfera y aun por la influencia del astro luminoso” y advertían   a la población en caso de cambio en los festejos. 

Los pronósticos parecieron haber tenido efecto, pues al día siguiente la policía de Montevideo anunció en varios diarios que para el 18, “sólo se ha de celebrar la función de la Iglesia; y el acto solemne del Juramento de nuestra Constitución, según lo ha sancionado la honorable sala de representantes”. Además, solicitaban que en la noche del juramento, debía de ser “iluminada la ciudad por todos los ciudadanos” y avisaban que “las fiestas cívicas se efectuará cuando los permita el tiempo”. 

Sin embargo, el clima ayudó, pues la Policía avisó a los diarios el día 19, que “por disposición del superior gobierno deben de comenzar hoy 19 del corriente las fiestas cívicas en celebridad del Juramento de nuestra Constitución”. Fue un día frío, propio del invierno.  Algunos de los pobladores palearon el frío tomando un café al lado de la Iglesia, “a la espera del Gobierno con su lujoso séquito de empleados civiles y militares, en que lucirán los galones, charreteras y sombrero apuntado, lo mismo que el calzón corto y media de seda, zapato con hebilla y casaca negra de falda redonda”, según manifestaba Isidoro de María, joven testigo de este proceso.


Boceto de la Jura de la Constitución, 18 de julio de 1830
Juan Manuel Blanes
Óleo sobre tela
23 x 45 cm
MHN, 5

Es ilustradora la crónica que se publicó en diversos números del diario “El Correo”. Allí se relataba que posterior al día 18, continuaba “el júvilo [sic] y el entusiasmo” provocado por la Jura. “En los días corridos desde el 18, todas las clases de la sociedad han tomado parte en la juzta [sic] alegría que debe inspirar la idea de un futuro legal, y de felicidad que se prepara a tantas generaciones. Los magistrados, el capitalista, el artesano, y labrador, se han confundido al celebrar el acto grande de los pueblos civilizados y libres”. Señala la crónica que el día del Juramento, “el ruido del cañón, anunció ser el señalado para dar vida al Estado oriental del Uruguay”. Los actos de la jura, incluyeron como parte esencial la celebración religiosa, que contó con un Tedeum. 

Según decreto del gobierno provisorio, firmado por Lavalleja el 13 de julio de 1830, se estableció para todas las “funciones clásicas que en adelante ocurrieren” el modo en que las autoridades se organizarían en el interior de la iglesia. Ellas, previo a su ingreso al templo, debían de estar acompañadas por “todas las corporaciones y empleados públicos” en su trayecto desde la Casa de Gobierno a la Matriz. En su interior, los “asientos de corporación”, sirvieron para las autoridades. En ellos, el Gobernador se ubicaría en el “parage ya establecido”, mientras que “los ministros, por su orden a uno y otro lado en la misma línea y en sillas”. Por su parte, el Tribunal de Justicia debía de ubicarse “a la derecha del gobierno en una línea lateral” a ellos debía de sucederles “los jueces de 1º instancia en lo civil y criminal”. Luego el Tribunal de Comercio, el Administrador de Correos, el Jefe de Policía, el Alcalde Ordinario y los Jueces de Paz. Por su parte, del lado izquierdo del gobierno, lo harían el Jefe del Ejército, “los generales en actividad y los gefes [sic] de cuerpos”. Luego de ellos, estaría el “Colector general”, el “Contador general”, el “Comisario de Guerra” y “los cónsules extranjeros”. Finalmente, el decreto estipulaba que “todos los demás empleados Civiles y militares tendrán su asiento a espaldas del gobierno”.

Al finalizar el culto religioso, las autoridades concurrieron al Cabildo para, previa lectura de la Constitución y demás textos vinculados a la independencia, se procediera a su juramento, en presencia de distinguidos miembros de la vecindad local.

Las fuerzas militares también comparecieron a realizar el juramento. Según las crónicas, “el batallón de cazadores que se hallaba formado en la plaza con un piquete de la milicia de infantería y escuadrón de línea de caballería, prestó el juramento e hizo tres descargas”.

Entre los diversos aspectos que relata Isidoro de María, cabe destacar por ejemplo, los números artísticos que realizó Chiarini, “el mentado pruebista”, quien fue “una de las notas sobresalientes”. Según de María, el equilibrista bajó “animoso por la cuerda tirante desde el alto del edificio del Cabildo hasta el centro de la plaza, con su balancín, hollando, en medio de su descenso, las ruedas de fuegos artificiales, envuelto entre el humo, el estruendo y el chisporreo, hasta llegar triunfante en la arriesgada y admirable jornada, a poner sus pies en la plaza, entre salvas de aplausos de millares de espectadores”. Pero además, el segundo día, se destacó  “bailando arrogante en la maroma, haciendo pruebas difíciles de equilibrio y dando el salto mortal sobre filas de bayonetas cruzadas”.

Como este tipo de espectáculos, se sumaron desfiles de las llamadas “comparsas”, grupos de diferente origen, generalmente disfrazados, que bailaban en calles y estrados de la plaza. Entre ellos, se destacan los grupos llamados “del Comercio”, “de los Militares”, “de los Caballeros” o “de los ciudadanos”. A esta última por ejemplo, se la ilustra en la prensa de la época, presidida por lo que denominaban “cuatro genios”, personas vestidas de “El tiempo, el destino, la fortuna y la Constitución”. Del mismo modo, se presentó la danza del grupo de los militares, vestidos de “traje Arábigo” y presidida por otro sujeto disfrazado con un traje alegórico que representaba a América. 

Otros grupos de danzas de diferentes estilos se presentaron en un tablado que se había montado para espectáculos de entretenimiento en la misma plaza de Montevideo. Este espacio, aunque las crónicas lo destacan con una ornamentación inconclusa por el poco tiempo de preparación, igualmente se lo describe con la “Casa consular adornada de vistosos transparentes y con una iluminación de vasos de colores”. Estos transparentes poseían versos en octavas que transmitían frases alusivas a la moral ciudadana que se apostaba a construir desde la élites dirigentes. Además, los múltiples arcos preparados para la ocasión, presentaban inscripciones y poemas en sus lados que apostaban a “ensanchar al amigo de la libertad, y de la justicia”. Se destaca también por las crónicas que sobre el mismo edificio de la Casa Consular, flameaban los pabellones “Argentino, Oriental, Brasilero, y el de otras naciones de las que pueblan el universo”.


Jura de la Constitución, 18 de julio de 1830
P. di. Nunzio
Litografía Coloreada
19,6 x 33,4 cm
MHN, 1247

En las salas teatrales de Montevideo, se presentaron diversos espectáculos, muchos de ellos alusivos a la fecha, o de contenido “patriótico”. Los números, eran completados por las mismas comparsas que habían bailado en las calles, quienes también subieron al escenario.

Pero además de los grupos preparados para los bailes, los disfraces fueron utilizados por un público más amplio. Así se deja entrever en una publicación de “El Correo” en el cual se destacaba que a medida que los días de fiestas continuaban “acrecía el deseo de tomar parte en las diversiones”. La fiesta y la desestructuración de las normas de comportamiento, evidentemente se vieron alteradas por la fiesta y la algarabía. Algunos jóvenes por ejemplo, parecen haberse desinhibido de algunos mandatos morales asociadas a su clase. Se destacaba en este mismo diario que “Un número crecido de jóvenes decentes vestidos en trages [sic] ya ridículos, o imitando a las potencias mas remotas de la antiguedad, se presentaron en el teatro, en las calles, y en las inmensas reuniones donde el bello sexo les ofrecía su unión para aumentar el número de los entretenimientos agradables, e inocentes”.

Sin embargo, no todos los pobladores quedaron conformes con las celebraciones. Por ejemplo en “El Universal” un grupo seguramente de mujeres interrogaba al editor el motivo por el que “entre tantas funciones [...] no se han acordado de nosotras para celebrar también en un bayle [sic] los días de gloria de nuestra patria, siendo uno de ellos el de la constitución”. Se quejaban de que “los señores que disponen las diversiones para solemnizar aquel día, no nos considerasen merecedoras de contribuir con nuestra alegría proporcionandonos un bayle [sic] en que manifestarla”. La solicitud era firmada por “Unas señoras orientales que quieren jurar la Constitución baylando [sic]”.


Las autoridades por su parte, aunque fomentaron las fiestas, igualmente miraron con recelo y temor los posibles desbordes de los sectores populares. De ese modo el Jefe de Policía de Montevideo, publicó en “El Correo” el 28 de julio,  advirtiendo que “Para evitar los abusos a que pueden dar lugar el uso de la máscara y el andar las gentes corriendo a caballo por las Calles” se disponía la prohibición de esas dos prácticas, so pena de castigo.


Juramento compartido


Montevideo no fue el único lugar que juró la Constitución. El texto constitucional, en conjunto con la Convención Preliminar de Paz y Manifiestos de la Asamblea, circularon por todo el territorio. Desde el gobierno se hizo llegar copias a los pueblos, encargando a las autoridades locales que procedieron a la organización de la Jura, dando cumplimiento a lo estipulado por la Ley del 26 de junio, que fijó el día 18 de julio para el de juramento.

En la mayoría de los pueblos el acto se celebró en los templos por ser en ocasiones los únicos edificios “decentes”. De este modo, la Jura de la Constitución no fue ajena a esta realidad material y fue en capillas o casas particulares, donde los vecinos de los pueblos y villas, junto a las autoridades locales, escucharon lo que en voz alta se leía, para posteriormente prestar juramento y firmar las actas correspondientes.

La experiencia que plasmó en su diario un contemporáneo de estos sucesos, Santiago Sainz de la Maza, da cuenta de ello. El día 18 registró que “amaneció el v.to [viento] sur y se llamó al Of..o  [ilegible. ¿Oficio?]. Estuvimos en misa en la Capilla. Se leyó la Constituc.n [Constitución] y se les tomaron juram.to [juramento] a los vecinos”.


Lo mismo anunció la prensa para los vecinos de la zona del Miguelete. Su juez de Paz, Diego Espinosa, mandó al diario “El Universal” a publicar el acta del día 18. Allí, expresó que “reunidos en este memorable día los ciudadanos de la primera sección de extramuros, en la casa del juez de paz [...] se dio principio a la lectura, empezando por el Preliminar de Paz, y en seguida la Constitución, y acto continuo el Manifiesto de la H. A. [Honorable Asamblea]”. Expresaba también, que “prestaron todos los ciudadanos el correspondiente juramento”. Para un broche digno, hacía saber que al finalizar el acto, se dieron “tres vivas por la Constitución”, como símbolo de algarabía. En nota final, agregó Espinosa, que para que quedase constancia de ello públicamente, entre los vecinos que en ese juzgado habían prestado juramento, se encontraba el Vicario de Montevideo, Dámaso Antonio Larrañaga.


Aunque algunos más conscientes que otros de lo que implicaba jurar fidelidad a una Constitución -elemento sumamente abstracto, más aún si consideramos que hacía sólo 20 años estos pobladores eran súbditos de un Rey, quien junto a Dios, consideraban centro de todo, principio y fin de cualquier explicación del mundo que los rodeaba-, igualmente juraron por Dios y la Patria “cumplir y hacer cumplir [...] la Constitución del Estado Oriental del Uruguay”, pues así “Dios os ayudará, sino, Él y la Patria os lo demandará", según se expresó aquel 18 de julio. 

Muchos quedaron fuera de la categoría de ciudadanos; otros destinados jurídicamente a ocupar -o seguir ocupando- el lugar de subalternos en el nuevo orden que se inició; sin embargo, aunque fuese por unos días, la fiesta y la algarabía rompieron las pautas temporales y las rutinas diarias, como preámbulo a inicio de un nuevo tiempo para los orientales.


Prof. Gabriel Fernández

Entre el orden y la algarabía

 
Ministerio de Educación y Cultura