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Alegorías de las cuatro estaciones

Alegorías de las cuatro estaciones

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Alegorías de las cuatro estaciones

A mediados del siglo XVIII, la fundación de la Academia de Bellas Artes de Carrara, en la península itálica, tuvo como objetivo primordial la formación de artistas y artesanos en el trabajo del mármol. En la región de Massa Carrara se encuentran canteras de mármol estatuario de excelente calidad, utilizado desde la antigüedad.

Durante el siglo XIX se abrieron en la región distintos talleres de marmolería, los que producían obras decorativas y utilitarias con destino al mercado interno y a la exportación, convirtiéndose en un rubro importante en la economía local. A partir de 1830 –año en que llegaron a Montevideo las primeras esculturas de mármol procedentes de la península itálica-, el libre comercio propició la importación de piezas en este material, novedoso en el país. Columnas, brocales para aljibes, balaustradas, sepulcros, relieves y esculturas, baldosas, bañeras, escalones y frentes de estufa desembarcaron en el puerto de Montevideo.

Las esculturas y piezas decorativas que se importaron durante la década de 1830 y 1840, así como la incipiente producción local, realizada a partir de la importación de mármol en bloques y en chapas, se adscriben al neoclasicismo. Esta corriente, imperante en Europa desde la segunda mitad del siglo XVIII, fue propiciada por los escritos de Johan Joachim Winckelmann (1717-1768), para quien el arte de la antigüedad clásica, especialmente el arte griego, era modelo de perfección. Entre sus obras destaca Reflexiones sobre la imitación de las obras griegas en la pintura y en la escultura.

El neoclasicismo fue la expresión del interés de los estudiosos de la Ilustración por el pasado y por los cimientos de la cultura y del arte de occidente. Este interés se vio incentivado por el descubrimiento de las ciudades de Pompeya y Herculano, que acrecentaron la cantidad de piezas del mundo clásico disponibles para ser estudiadas por arqueólogos y filósofos. Las artes del período se caracterizaron por la sobriedad decorativa, la copia de las ornamentaciones de la antigüedad, y el empleo de las esculturas sin policromía. Si bien las estatuas griegas y romanas muchas veces se pintaban con vivos colores, las que se conocían en el siglo XVIII –copias romanas de originales griegos- habían sido lavadas por el tiempo. Esas figuras “blancas”, fueron valoradas en su austeridad, y por eso los grandes escultores del neoclasicismo, Antonio Canova (1757-1822), Bertel Thorvaldsen (1770-1844) y John Flaxman (1755-1826) utilizaron el mármol blanco estatuario, jugando únicamente con los contrastes obtenidos mediante los cursos de luz y las zonas en sombra, estudiando cuidadosamente la incidencia de aquella sobre la superficie de la piedra.

Entre los asuntos recurrentes producidos por los talleres carrarenses, encontramos series de figuras alegóricas, reiteradas a partir de modelos definidos: “las partes del mundo”, denominación habitual para la representación de los continentes y “las estaciones”. Estas últimas aparecen como figuras independientes, para ser colocadas en jardines, balaustradas, patios o nichos ornamentales. Se las identifica por características concretas: el otoño, es representado como un hombre joven coronado de hojas de vid y pámpanos, ya que la vendimia se realiza en dicha estación. El invierno aparece como un hombre maduro, con barba, envuelto en un grueso manto para protegerse del frío. La primavera es una representación de Flora, diosa romana de las flores, la vegetación y la fertilidad, indicando el renacer anual de la naturaleza. Finalmente, el verano es una representación de Ceres, diosa de la agricultura en la mitología clásica, acompañada por espigas de trigo.

La Casa de Montero, actual Museo Romántico, donde se encuentran estas esculturas fue llamada en su tiempo el “palacio de mármol”, dado que este material fue utilizado con profusión en la decoración de la fachada y del patio interior, dando a la construcción una nota distintiva en la arquitectura montevideana de la década de 1830.

Texto realizado por el Lic. Ernesto Beretta García                                                                                                                                                                                                                                                         

 

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